Escribía para no ahogarse, escribía para no morir.
Paseaba por la habitación sosteniendo una copa de vino, siempre tinto, nunca blanco.
Aquellas cuatro paredes parecían el paraíso con su cuerpo que dibujaba siluetas en cada rincón.
Y ese olor tan toxico capaz de embelesar cada uno de los sentidos de quien le tuviera cerca, tan adictivo, dulce como el peligro, ardiente como el mezcal.
Así eran mis noches aquel verano del 92, siempre diferentes, nunca igual.
Escribía para no ahogarse, escribía para no morir.
Entre mis sueños le veía reír, ante cada palabra, ante cada historia plasmada en papel.
Adoraba su bolígrafo, plateado como las estrellas, tinta negra... negra como la noche que la vi partir.
Lloraba en algunas ocasiones, siempre por el mismo hombre, nunca por alguien mas.
Le recuerdo, a veces en sueños y otras veces despierto, escucho su voz, sobre todo porque en aquella época no dejaba de cantar.
Imposible olvidar el día que de mi se separo, el viento se detuvo al igual que mi respiración... No lloro, ni siquiera tembló, simplemente me dejo aquí, para siempre indiferente al resto, nunca mas igual.
No olvido el día que te fuiste, no miraste atrás.
VOC

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