El ser humano.
Como podemos vamos volviendo a la normalidad tras circunstancias de desconcierto, no somos los mismos que ayer, no olvidamos pero los años enseñan a perdonar a los demás y lo mas esencial, a nosotros mismos. Llevamos cicatrices no solo en la piel también en el interior del ser; cicatrices de batallas, experiencias que dicen “yo estuve ahí”, “sobreviví”, “soy fuerte”, “soy mejor mejor de lo que fui”, “yo puedo”.
Una parte de mi corazón pertenece al mar, otra parte a los edificios de la gran ciudad, una parte mayor sigue siendo del desierto y del valle del Yaqui
Llevo un año de vida repleto de un puñado de experiencias, lecciones, aprendizaje. Mis ojos han conocido nuevos colores, formas, tamaños. Mis oidos se han adaptado al sonido del claxon, de los aviones las 24 horas y un acento distinto al que escuche por 20 años. Aquí no hay olor a hierva, a campo, tampoco es perceptible la brisa del mar, no hay arena en mis pies, ni piel dorada por el sol y agua de mar. Ver estrellas alguna de las noches es todo un privilegio, uno de los regalos mas grandes de la naturaleza por cierto.
Aun cuando no tengo lo que antes tuve, aun cuando el ritmo de vida es diverso y las nubes me acompañan gran parte del tiempo... amo la Ciudad de México. La ciudad donde carezco de algunas cosas, sensaciones, sentimientos que tuve antes pero que me ha dado lo mas grande: a mi misma. No es un lamento, no es para alarmarlos, gracias a Dios he tenido fortuna de apreciar todo lo que ha sucedido en mi vida en su momento.
No se cuando volveré ni a donde me guiara el destino más adelante, mientras tanto, vivo el momento y bailo el son que toquen.
Con todo el amor de mi ser para cada uno de ustedes que lee esto, si, para ti ♥️

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